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3.2 El control de vectores en el entorno local (1/2)

Como ha ilustrado el capítulo 1, las enfermedades vinculadas a vectores como la malaria, el dengue, la fiebre amarilla y la esquistosomiasis son la causa de incontables padecimientos y muertes en todos los países en vías de desarrollo. Hay motivo de esperanza en las vacunas que prevengan estas enfermedades, o en el empleo de medicamentos para las enfermedades que no puedan prevenirse. En este momento, no obstante, se carece de vacunas o de medicamentos para la mayor parte de las enfermedades transmitidas por vectores, en parte porque los organismos que las transmiten resultan ser unos adversarios formidables, pero sobre todo porque estas enfermedades no constituyen por lo general una prioridad para las grandes compañías farmacéuticas, aunque hay honrosas excepciones (53).

Incluso cuando se dispone de medicamentos para combatir enfermedades como el dengue y la malaria, se debería conceder prioridad al control de los vectores. Se pueden tomar medidas para mantener a raya a los insectos que transmiten las enfermedades a varios niveles, como el del hogar, la comunidad o la región. Las mejoras en la vivienda y en su entorno, por ejemplo, pueden cambiar radicalmente la situación, permitiendo el control de la población del vector y reduciendo la incidencia de las enfermedades infecciosas. En las zonas en las que la enfermedad de Chagas sigue afectando a un gran número de personas, ayudar a que las familias con escasos recursos lleven a cabo mejoras en la vivienda, eliminando la techumbre de paja en la que vive el insecto, puede significar una mejor inversión de los fondos públicos que el financiar costosas medidas para la aplicación de plaguicidas. En Brasil y Venezuela se consiguió reducir el contacto humano con el vector de la enfermedad de Chagas y, por ende, su incidencia, al sustituir los techos de palma con tejados de teja o planchas de metal ondulado (54). Estas mejoras domésticas traían consigo además una mejor ventilación, que mejoraba a la vez la calidad del aire en el interior de la vivienda (55).

Los depósitos de agua destinada al consumo familiar, que respondían a la necesidad de salvaguardar las deficiencias de un suministro intermitente o inadecuado, pueden convertirse también en un vivero de mosquitos y otros insectos portadores de enfermedades. Una manera barata aunque provisional de reducir el riesgo de contraer enfermedades puede ser el proporcionar a las familias tapaderas herméticas o pantallas protectoras que se ajusten a los depósitos, ya que reducirán el número de lugares en los que se pueden criar los insectos (56). Las fosas sépticas y los retretes pueden protegerse también de los mosquitos a un bajo coste, aplicando bolitas de poliestireno. Estas bolitas forman una capa flotante que impide que las hembras de los mosquitos puedan poner sus huevos y que las larvas respiren. Las pruebas realizadas en Brasil, la India y Tanzania muestran que la capa de poliestireno puede durar hasta cuatro años (57). De un modo similar, instalar gasas de nailon con las que filtrar el agua que se extrae de pozos poco profundos o aguas superficiales ha resultado muy útil a la hora de reducir la incidencia de la filaria (58). La incidencia de las enfermedades puede reducirse con un coste menor si se generalizan estas medidas por medio de las clínicas de atención primaria de salud, o con la ayuda de los trabajadores sanitarios locales.