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2.3. El riego (1/2)

Considerada hectárea por hectárea, la tierra regada es mucho más productiva que la que depende exclusivamente de la lluvia; por eso la expansión de las zonas irrigadas durante los últimos 30 años ha desempeñado un importante papel en el aumento de la producción de alimentos. En plena Revolución Verde de los años setenta los regadíos aumentaron a un ritmo de más del 2 por ciento anual (94). Desde entonces el ritmo de crecimiento anual de las hectáreas regadas ha descendido hasta el uno por ciento, debido sobre todo al enorme gasto que los sistemas de irrigación conllevan y también a la competencia cada vez mayor a la hora de explotar los recursos acuíferos.

A pesar de estas limitaciones que afectan tanto a los costes como a la limitada disponibilidad de agua, los expertos en agricultura cuentan con que, al menos en los países en vías de desarrollo, continúe creciendo el volumen de tierras regadas para así poder hacer frente tanto a las futuras necesidades como al incremento de las exportaciones agrícolas. La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) prevé que los regadíos aumentarán a un ritmo del 0,8 por ciento anual en las naciones en desarrollo (a excepción de China), pasando de 123 millones de hectáreas en 1990 a unos 146 millones en el año 2010. Egipto, México y Turquía permiten vaticinar un incremento mucho mayor en cuanto a las superficies dedicadas al regadío (95).

Junto con los beneficios de unas cosechas mayores y más seguras, los regadíos llevan aparejado un mayor riesgo de enfermedades infecciosas tales como la malaria y la esquistosomiasis debido a las alteraciones en el hábitat. Al proporcionar un hábitat para los agentes patógenos, los canales de riego y los embalses que los abastecen contribuyen a extender el grado de transmisión de algunas enfermedades infecciosas (96). La relación entre la esquistosomiasis y los regadíos viene a ser un caso especial. La frecuencia de esta enfermedad se ha hecho notoria a nivel mundial en las últimas cinco décadas, debido sobre todo a una mayor extensión de los sistemas de riego en los climas cálidos (97). Su conexión con el incremento de la esquistosomiasis ha quedado probada en proyectos de regadío tales como el proyecto de Mwea, llevado a cabo en Kenia, donde la esquistosomiasis es el factor causante del 18 por ciento de las muertes (98).

Las aguas que discurren con lentitud por las canalizaciones y acequias proporcionan un hábitat ideal para el caracol portador de ese organismo. Las aguas quietas a lo largo de las riberas de los estanques, donde se acumula mucha vegetación, sirven de refugio a ingentes colonias de estos caracoles y se convierten en lugares ideales para la transmisión de la enfermedad, debido a que la actividad humana suele concentrarse en las proximidades de estas zonas lacustres (99) (100). En las regiones altas de Ghana la esquistosomiasis se triplicó a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta cuando se construyeron muchos embalses para fines agrícolas. En estas zonas se llegó al 50 por ciento del total de las enfermedades infecciosas contraídas (101).