2.11. El incremento en el uso de la energía (2/2)
El mayor uso del carbón y la vertiginosa expansión del número de coches y camiones por todo el mundo conforman las dos mayores amenazas que para la calidad de la atmósfera representa el incremento del uso de combustibles fósiles. El carbón, poderosa fuente de dióxido de azufre y de partículas, es notorio por su impacto en la calidad del aire. El uso global del carbón en las próximas dos décadas aumentará en más de un 50 por ciento, sobre todo en el mundo en desarrollo y especialmente en Asia (235). Entretanto, la flota de vehículos seguirá creciendo, sobre todo en China, la India y Tailandia, donde la densidad de vehículos es todavía relativamente baja y la renta per capita -y los apetitos consumistas- están en alza. Se cree que la energía utilizada para el transporte de cualquier tipo se verá incrementada en un 50 por ciento entre 1993 y 2010, con una media de algo más del 2 por ciento anual. Pero, en cambio, la energía destinada al transporte crecerá a un ritmo dos veces más rápido en el mundo en desarrollo considerado en su conjunto, ritmo que se verá triplicado en el caso de Asia (236).
El incremento del uso energético no traerá consigo necesariamente un incremento igual en los niveles de contaminación, porque es de suponer que se aumenten también los controles sobre la contaminación. Mucho se puede hacer mediante la adopción de nuevas tecnologías para la limpieza de las emisiones procedentes de las plantas generadoras de energía, de los escapes de los vehículos y de otras fuentes contaminantes; también se podría recurrir a otros combustibles más limpios. Pero en zonas como Asia el mayor uso de la energía podría sobrepasar todo esfuerzo por controlar la contaminación. En China, por ejemplo, el gobierno ha logrado algunos éxitos al reducir el empleo del carbón para uso doméstico y la contaminación consiguiente, pero el aumento del tráfico por carreteras ya colapsadas se presenta como un nuevo reto para la calidad del aire (véase el perfil regional sobre China). Incluso en los países industrializados, donde los niveles de calidad del aire son más estrictos en virtud de las implicaciones que conlleva para la salud, la tendencia hacia un mayor uso de la energía y hacia más congestiones de tráfico hará difícil que se puedan establecer unos objetivos nacionales en cuanto a la calidad del aire.
Más allá de los impactos inmediatos, el aumento del uso de los combustibles fósiles producirá mayores emisiones de gases de efecto invernadero, con la subsiguiente amenaza de calentamiento de la Tierra. Si no se produce un esfuerzo global importante destinado a recortar la emisiones de dióxido de carbono, éstas podrían llegar a duplicar los niveles preindustriales antes del año 2100 (237). Como respuesta a esto, la temperatura media de la superficie terrestre puede calentarse entre 1,0ºC y 3,5ºC a lo largo del próximo siglo (238), un cambio climático más rápido que el experimentado en los últimos 10.000 años. Si bien el impacto sobre la salud no está completamente definido, sin duda será de carácter negativo, según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) (239).