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2.10. Los CFC, el agujero de ozono y la salud (1/1)

Hasta tiempos muy recientes la preocupación por la contaminación industrial se había centrado en sus efectos toxicológicos directos. Sin embargo, los investigadores han comenzado a comprender que los agentes contaminantes también pueden afectar de modo indirecto al ser humano por medio de alteraciones ecológicas a gran escala.

Como los PCB, los clorofluorocarbonos (CFC) fueron sintetizados por vez primera en 1930 y rápidamente se les consideró como la alternativa segura al amoniaco y otros refrigerantes de elevado riesgo por causa de posibles filtraciones y explosiones (220). Los CFC se usaron profusamente en los fluidos de refrigeración y aire acondicionado, como propulsores de aerosoles, como disolventes, y como extintores de fuegos. Desde entonces, sin embargo, se ha hecho patente que estos productos químicos de larga vida son los principales responsables de la progresiva disminución de la capa de ozono en la estratosfera. La manifestación más dramática del agotamiento del ozono es el agujero sobre la Antártida, detectado por vez primera en 1985. Como respuesta al agotamiento de la capa de ozono, la comunidad internacional negoció el Protocolo de Montreal de 1987 para hacer desaparecer, para enero de 1996, todas las sustancias que incidieran en esa disminución de la capa de ozono. A los países en vías de desarrollo se les permitió aumentar la producción de CFC hasta 1999, y después de esta fecha dicha producción iría en descenso hasta desaparecer totalmente en el año 2010. Sin embargo, incluso asumiendo que el Protocolo de Montreal se está llevando a cabo en todos sus extremos, la concentración de ozono en la estratosfera no recuperará sus niveles normales hasta la segunda mitad del siglo próximo (221) (véase "El Agotamiento del ozono de la estratosfera" en el capítulo 4).

La principal repercusión de la falta de ozono en la estratosfera para la salud humana es que se reduce el escudo protector de la superficie terrestre frente a las radiaciones ultravioleta procedentes del sol, en particular las UV-B (222). Los esfuerzos para cuantificar el incremento de la radiación UV a nivel terrestre están apenas comenzando, pero los modelos proporcionan ya cierta información acerca de los cambios que pueden esperarse. Bajo las actuales condiciones, la Asociación Meteorológica Mundial ha previsto que la radiación UV-B sobre la superficie terrestre crecerá en torno a un 15 por ciento en invierno y primavera y un 8 por ciento en verano y otoño en la latitudes intermedias del hemisferio norte (incluyendo países de América del Norte y Europa). Las zonas templadas del sur se cree que experimentarán unos incrementos de las radiaciones UV-B en la superficie terrestre de un 13 por ciento (223). Ya se ha documentado el aumento de los niveles de UV-B por medio de algunos estudios en las latitudes media y alta. En los Alpes suizos, por ejemplo, los científicos han llegado recientemente a la conclusión de que las radiaciones UV-B a nivel del suelo han aumentado en un 7 (+4 por ciento) entre 1981 y 1991 (224).

El grado de incidencia en el aumento del cáncer de piel aún no está determinado. Asumiendo que no ocurra ningún cambio en el comportamiento de la población en general, un agotamiento constante del ozono de la estratosfera de un 10 a un 15 por ciento a lo largo de varias décadas, tal como está calculado, podría dar como resultado entre un 15 y un 20 por ciento de incremento del cáncer de piel en la población blanca, o bien 250.000 casos adicionales cada año (225). Esta cifra es aproximada, sin embargo, puesto que el modelo no considera la susceptibilidad individual y los comportamientos personales, tales como llevar protectores para minimizar el efecto solar. Además de su relación con el cáncer de piel, la luz UV puede causar cataratas. Los cálculos más ajustados en la actualidad indican que por cada 1 por ciento de disminución en la capa de ozono, la incidencia de cataratas aumentaría entre un 0,6 y 0,8 por ciento (226).

En los últimos 15 años los estudios con animales han identificado varios efectos inmuno-represivos de las radiaciones UV-B, y los pocos estudios que se han llevado a cabo con seres humanos ratifican esos resultados (227). Otros estudios sugieren que aunque la gente de tez oscura tiene menor riesgo de padecer cáncer de piel, la pigmentación no parece ser protectora frente a los efectos UV sobre el sistema inmunológico (228). Un sistema inmunológico debilitado hace que sea más difícil combatir la enfermedades infecciosas, con lo que los efectos inmuno-represivos de las UV son potencialmente aún más peligrosos (229).