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| RECURSOS MUNDIALES 2000 | Índice general > Índice local 1 |
![]() Figura 1.3 ![]() Figura 1.4 |
1.4. Pautas sanitarias globales (1/4) En los países más ricos, la esperanza media de vida ascendió de 67 años en 1950 a 77 en 1995; en los países en desarrollo, la esperanza de vida pasó de 40 a 64 años. Incluso en las regiones menos desarrolladas, como el África subsahariana, la esperanza media de vida ha aumentado de 36 a 52 años. La única excepción a estas tendencias positivas se dio en las economías de transición de Europa del Este, donde la esperanza de vida para los hombres descendió entre 1989 y 1993 (véase figura 1.3 ). Se han dado pasos importantes también en la reducción de la mortalidad infantil. En tiempos tan recientes como en 1950, morían 257 niños de cada mil nacimientos en los países en desarrollo antes de alcanzar los 5 años. En 1995 esa cifra había caído a 99 (23) (véase figura 1.4). Sin embargo, este increíble progreso no debería enmascarar el hecho de que las condiciones sanitarias siguen siendo malísimas en muchas partes del mundo, propiciando grandes disparidades entre los países más ricos y los más pobres, y, ciertamente, entre los ricos y los pobres dentro del mismo país o incluso de la misma ciudad. En la actualidad no se espera que casi la quinta parte de la gente de los países en desarrollo alcance la edad de 40 años (24). Sierra Leona tiene la esperanza de vida más baja del mundo -apenas 38 años- menos de la mitad de Japón, que ostenta la más alta, con casi 80 años (25). De igual modo, sin menospreciar las grandes mejoras en la supervivencia infantil, debe advertirse que más del 20 por ciento de los niños nacidos en los países menos desarrollados morirá antes de alcanzar los 5 años; en los países más ricos morirá menos del 1 por ciento (26). Justamente hace un siglo, las condiciones sanitarias en Europa, Norteamérica y Japón eran similares a las de los países menos desarrollados en la actualidad, como lo era la calidad ambiental. Las condiciones en Londres y otros centros importantes eran miserables; ríos contaminados con aguas residuales, calles llenas de basuras y viviendas atestadas de gente y húmedas eran la norma. Gran parte de la población carecía de agua potable o saneamientos adecuados. Epidemias como el tifus, el cólera, la disentería, la tuberculosis y el sarampión azotaban a estas ciudades. De hecho, en las ciudades más prósperas del mundo en aquel momento, la tasa de mortalidad infantil -el número de niños que mueren antes del primer año- era superior a 100 por cada 1.000 nacimientos vivos, y en algunos lugares superaba los 200 (27). Las causas principales de muerte eran las enfermedades diarreicas y respiratorias y otras infecciones. En 1950, la esperanza de vida en los países más desarrollados había subido a 67 años, y la mortalidad infantil había descendido a 58 por cada 1.000 nacimientos vivos. Estas destacables mejoras en la salud pública estaban relacionadas con varios factores, pero principalmente con un esfuerzo concertado de los gobiernos y las organizaciones no gubernamentales para mejorar las condiciones de los pobres. Horrorizados por las condiciones sanitarias de los pobres, y cada vez más conscientes de que las enfermedades infecciosas podían afectar a los ricos también, los reformistas a finales del siglo XIX institucionalizaron una serie de mejoras, conocidas como la Revolución Sanitaria (28). Quizás el cambio más importante fue la provisión de agua y de sistemas de alcantarillado para eliminar los residuos humanos. Estas mejoras fundamentales contribuyeron en gran medida a dominar la epidemia de enfermedades infecciosas y a mejorar en general la salud y el bienestar humanos. |
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