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RECURSOS MUNDIALES 2000 Cuadro 2.6

Cuadro 2.6. El aire urbano: efectos de las partículas en suspensión, el dióxido de azufre y el ozono sobre la salud

De todos los contaminantes de la atmósfera urbana, el material particulado en suspensión, el dióxido de azufre (SO2) y el ozono plantean los riesgos más graves y generalizados; sin embargo, la contaminación debida al plomo transportado por el aire constituye en muchas ciudades la mayor preocupación. Los estudios recientes sobre los efectos de la exposición crónica a la contaminación atmosférica han señalado a las partículas en suspensión como el contaminante que más incide en el acortamiento de vida por causa de la mala calidad del aire, si bien otros contaminantes pueden desempeñar un papel importante en este sentido.

La contaminación por partículas
Las materias particuladas en suspensión tienen una presencia generalizada entre los elementos contaminantes de la atmósfera urbana. Aunque los niveles de partículas en Norteamérica y Europa occidental rara vez sobrepasan los 50 microgramos de partículas por metro cúbico de aire, los niveles en muchas ciudades centroeuropeas y en Europa del Este, así como en ciertas regiones del mundo en desarrollo, son mucho más altos, excediendo con frecuencia los 100 microgramos por metro cúbico (1).

La contaminación atmosférica de partículas está formada por una mezcla compleja de partículas grandes y pequeñas de diferentes orígenes y composiciones químicas. Las partículas de mayor tamaño, que oscilan entre 2,5 y 100 micras de diámetro, están generalmente formadas por el humo y el polvo de los procesos industriales, agricultura, construcción y tráfico rodado, aunque también proceden del polen de las plantas y de otras fuentes naturales. Las partículas más pequeñas, menores de 2,5 micras de diámetro, tienen su origen en la combustión de los combustibles fósiles. Estas partículas incluyen el hollín de los escapes de los vehículos, a menudo impregnado de otros contaminantes químicos o metálicos, así como aerosoles a base de sulfatos y nitratos ligeros, que se forman cuando el SO2 y el óxido de nitrógeno se condensan en la atmósfera. La fuente principal de estas partículas de menor tamaño se encuentra en las centrales térmicas, aunque también es importante la aportación de los escapes de los motores diesel, especialmente a lo largo de las grandes rutas del transporte.

Los efectos de las partículas sobre la salud están directamente relacionados con el tamaño de éstas. Las más pequeñas, como las de los combustibles fósiles, suelen ser las más peligrosas, porque se pueden inhalar y penetran en el interior de los pulmones, asentándose en zonas en las que los mecanismos de limpieza del organismo se declaran impotentes. Los constituyentes de estas partículas tienden a ser químicamente más activos y pueden ser también ácidos y, por tanto, muy destructivos (2).

Multitud de estudios relacionan la contaminación de partículas con cambios importantes en el funcionamiento de los pulmones, así como con enfermedades del tracto respiratorio (3) (4), provocando multitud de ingresos hospitalarios por causa de afecciones coronarias y respiratorias, absentismo escolar y laboral debido a infecciones respiratorias, o el agravamiento de enfermedades crónicas, como el asma y la bronquitis (5) (6). Pero la prueba más concluyente -y a veces controvertida- procede de los estudios epidemiológicos más recientes. Muchos de estos estudios han asociado el aumento a corto plazo de los niveles de materias particuladas, como los que tienen lugar durante los períodos de contaminación, a los incrementos de la mortalidad en las 24 horas siguientes. Este ascenso de los índices de mortalidad atribuido a la contaminación oscila entre el 2 y el 8 por ciento por cada aumento de 50 microgramos por metro cúbico en los niveles de partículas. Estos hallazgos básicos se han visto repetidos en varios continentes y en ciudades tan distintas como Atenas, Sao Paulo, Pekín y Filadelfia (7) (8) (9). Durante los períodos de mayor contaminación, como los que implican un incremento en los niveles de partículas de 200 microgramos, un panel de expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) calculó que las tasas diarias de mortalidad se veían incrementadas en un 20 por ciento (10). Estos cálculos deben ser tomados con reserva, debido a que algunos de los fallecidos durante un periodo de fuerte contaminación estaban ya enfermos, y la contaminación simplemente pudo haber adelantado unos pocos días el fatal desenlace.

En conjunto, efectos como éstos, derivados de la contaminación, pueden ejercer un impacto significativo en la salud de la colectividad. La OMS ha definido la contaminación por partículas como uno de los factores que más contribuyen a la extensión de las enfermedades en Europa. En aquellas ciudades donde se puede disponer de datos, la OMS calcula que los episodios de contaminación a corto plazo son responsables de entre el 7 y el 10 por ciento de todos los problemas respiratorios en los niños, porcentaje que asciende al 21 por ciento en las ciudades más contaminadas. Además, entre el 0,6 y el 1,6 por ciento de las muertes pueden atribuirse a estos súbitos episodios de contaminación, cantidad que puede llegar al 3,4 por ciento en aquellas ciudades con mayores índices de elementos contaminantes en el ambiente (11).

Pero tampoco los efectos sobre la salud se pueden reducir a esos episodios ocasionales en los que los niveles son especialmente altos. Numerosos estudios apuntan a que dichos efectos pueden tener lugar en niveles incluso por debajo de los permitidos por las normativas nacionales e internacionales. En realidad, según la OMS y otras organizaciones, no hay pruebas de que exista un umbral por debajo del cual la contaminación de partículas no provoque efectos adversos para la salud, especialmente entre los segmentos más sensibles de la población (12) (13). Esta situación ha desencadenado un vivo debate acerca de si la calidad actual del aire que respiramos es suficiente como para que la salud pública se encuentre protegida.

El dióxido de azufre
El SO2 procede sobre todo de la combustión del carbón, de los aceites con alto contenido de azufre y de los combustibles diesel. Puesto que este gas se encuentra frecuentemente asociado a la contaminación de partículas -dado que el SO2 es el origen de las partículas de azufre más ligeras- no resulta fácil separar los efectos de ambas vertientes contaminantes. En conjunto, el SO2 y las materias particuladas provocan la mayor parte de la contaminación en las grandes ciudades, actuando de forma conjunta y por separado en perjuicio de la salud de sus habitantes.Aunque las concentraciones ambientales de SO2 han descendido en muchas ciudades de Europa occidental y Norteamérica, aún se mantienen muy elevadas -entre 5 y 10 veces más- en determinadas ciudades del este de Europa, Asia y Sudamérica, donde predomina el uso del carbón con fines industriales o domésticos, y donde el tráfico de vehículos diesel es muy intenso (14).

El SO2 afecta muy rápidamente a las personas; por lo general, a los pocos minutos de sufrir la exposición. Los estudios epidemiológicos indican que la exposición al SO2 puede producir los mismos efectos que la contaminación por partículas. Los resultados se aprecian en el aumento de hospitalizaciones y fallecimientos por problemas respiratorios y cardiovasculares, especialmente entre los asmáticos y los que ya padecían alguna dolencia de tipo respiratorio (15) (16) (17) (18). La gravedad de estos efectos aumenta con la subida de los niveles de SO2, y el ejercicio fomenta la gravedad al subir el volumen del SO2 inhalado y penetrar en lo más profundo del tracto respiratorio (19). Los asmáticos pueden sentir jadeos y otros síntomas mucho antes que quienes están libres de esa dolencia. Si también está presente la contaminación por ozono, los asmáticos se vuelven aún más sensibles al dióxido de azufre, lo cual viene a recordarnos una vez más que los contaminantes atmosféricos no están aislados, sino que actúan en combinación formando un potencial de efectos sinergéticos entre todos ellos (20) (21).

El ozono
El ozono en el nivel del suelo es un componente fundamental de la niebla fotoquímica que cubre muchas áreas urbanas. No se emite de modo directo, sino que se forma cuando los óxidos del nitrógeno procedentes de la combustión de los carburantes reaccionan con los llamados componentes orgánicos volátiles (VOC), tales como la gasolina no quemada o los disolventes de la pintura en la atmósfera. La luz solar y el calor estimulan la formación del ozono, de modo que los niveles máximos tienen lugar siempre durante el verano.

La contaminación del ozono se ha generalizado en muchas ciudades europeas, norteamericanas y japonesas, a medida que las emisiones industriales y las de los vehículos han ido aumentando. Muchas ciudades de los países en vías de desarrollo también padecen elevados niveles de ozono, si bien se dispone de pocos datos al respecto (22) (23).

El ozono es un oxidante poderoso que puede reaccionar con casi cualquier tejido biológico. El respirar concentraciones de 0,012 ppm -niveles típicos de muchas ciudades- puede dar lugar a irritaciones en el tracto respiratorio y alterar la función pulmonar, causando tos, desaliento y dolores en el pecho. El ejercicio potencia estos efectos y, si es muy violento, los síntomas pueden manifestarse en niveles de ozono relativamente bajos (0,008 ppm). Las pruebas también ponen de manifiesto que la exposición al ozono baja las defensas del organismo, aumentando la susceptibilidad a las infecciones respiratorias (24) (25).

A medida que suben los niveles, las hospitalizaciones y las intervenciones de emergencia por dolencias respiratorias, como el asma, aumentan igualmente. Como término medio, los estudios indican que las admisiones hospitalarias se elevan entre un 7 y un 10 por ciento ante un incremento de 0,05 ppm en los niveles de ozono. En su reciente análisis de los efectos del ozono en la salud, referidos a 13 ciudades en las que los niveles superan los permitidos por la legislación, la Asociación Americana del Pulmón calculó que los altos niveles de ozono eran responsables de entre 10.000 y 15.000 hospitalizaciones adicionales, y entre 30.000 y 50.000 ingresos en los servicios de urgencia a lo largo de la temporada 1993-1994 (26) (27).

Referencias y notas

1. 1. Organización Mundial de la Salud (OMS), Update and Revision of the Air Quality Guidelines for Europe, Oficina Regional para Europa de la OMS, Informe EUR/ICP/EHAZ 94-05/PB01 (Copenhague, 1994), p. 14. 2. Ibid., p. 15.
3. Douglas Dockery et al., "Health Effects of Acid Aerosols on North American Children: Respiratory Symptoms", Environmental Health Prespectives, Vol. 104, No. 5 (1996), p. 503.
4. Agencia de Estados Unidos para la Protección del Medio Ambiente (USEPA), Office of Air Quality Planning and Standards, Review of National Ambient Air Quality Standards for Particulate Matter: Policy Assessment of Scientific and Technical Information, Informe EPA-452/R-96-013 (USEPA, Washington, D.C., 1996), pp. V-23-V-24, V-27-V-28, V-71.
5. Deborah Shprentz, Breathtaking: Premature Mortality Due to Particulate Air Pollution in 239 American Cities (Natural Resources Defense Council, Nueva York, 1996), p. 14-15.
6. Op. cit. 4, pp. V-20-V-22.
7. Op. cit. 4, pp. V-11 to V-14.
8. Bart Ostro, "The Association of Air Pollution and Mortality: Examining the Case for Inference", Archives of Environmental Health, Vol. 48, No. 5 (1993), p. 336.
9. Health Effects Institute (HEI), Particulate Air Pollution and Daily Mortality: Replication and Validation of Selected Studies (HEI, Cambridge, MA, 1995), p. 4.
10. Op. cit. 4, pp. V-18.
11. R. Bertollini et al., Environment and Health 1: Overview and Main European Issues, OMS Regional Publications, European Series, No. 68 (OMS, Copenhague, 1996), pp. 34-38.12. Op. cit. 1, p. 15.
13. Op. cit. 5, p. 14.
14. Op. cit. 1, p. 11.
15. A. Peters et al., "Acute Effects of Exposure to High Levels of Air Pollution in Eastern Europe", American Journal of Epidemiology, Vol. 144, No. 6 (1996), pp. 570, 578-80.
16. J. Sunyer et al., "Air Pollution and Mortality in Barcelona", Journal of Epidemiology and Community Health, Vol. 50 (Suplemento 1) (Abril 1996), p. S76.
17. M. Vigotti et al., "Short-Term Effects of Urban Air Pollution on Respiratory Health in Milan, Italy, 1980-1989", Journal of Epidemiology and Community Health, Vol. 50 (Suplemento 1) (Abril 1996), p. S71.
18. G. Touloumi, E. Samoli, y K. Katsouyanni, "Daily Mortality and ‘Winter type’ Air Pollution in Athens, Greece - A Time Series Analysis within the APHEA Project", Journal of Epidemiology and Community Health, Vol. 50 (Suplemento 1) (Abril 1996), p. S47.
19. Op. cit. 1, p. 11.
20. Lawrence Folinsbee, "Human Health Effects of Air Pollution", Environmental Health Perspectives, Vol. 100 (1992), pp. 47-48.
21. Derek Elsom, Smog Alert: MAnaging Urban Air Quality (Earthscan Public ations Limited, Londres, 1996), p. 48. 22. Op. cit., 1, p. 3.
23. Organización Mundial de la Salud y Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Urban Air Pollution in Megacities of the World (Blackwell Publishers, Oxford, UK, 1992), pp. 10-11.
24. Halûk Özkayanak et al., Ambient Ozone Exposure and Emergency Hospital Admissions and Emergency Room Visits for Respiratory Problems in 13 U.S. Cities (American Lung Association, Washington, D.C., 1996), pp. 2-7.
25. Op. cit. 4, pp. 37-38, 58.
26. Op. cit. 24, pp. 1-10.
27. Op. cit. 4, pp. 24, 46-51, 61.