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| RECURSOS MUNDIALES 2000 | Cuadro 2.5 |
Cuadro 2.5. ¿Están los mímicos hormonales afectando a nuestra salud? La publicación Nuestro futuro robado (Ecoespaña - Ángel Muñoz, Editor) de marzo de 1996 sacó a la luz pública un debate que había estado bullendo en la literatura científica durante varios años. En este libro (muy difundido) la zoólogo Theo Colborn, del Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF), junto con otros dos coautores, planteaba la hipótesis de que algunos productos químicos industriales muy habituales en el medio ambiente pudieran estar causando estragos en la salud del ser humano al alterar el sistema hormonal del cuerpo. En concreto, los autores alegan que estas sustancias -denominadas "alteradores endocrinos" porque interactúan con el sistema endocrino hormonal- pueden estar desempeñando un papel considerable en una gama de problemas que van desde las anomalías reproductoras y de desarrollo hasta el cáncer, pasando por defectos de tipo inmunológico y neurológico (1). Las pruebas apuntan a que, en las grandes exposiciones, algunas de esas sustancias, que incluyen el DDT, los PCB y algunos pesticidas, pueden originar problemas de índole reproductiva y de desarrollo en la fauna silvestre. La cuestión es si esas sustancias pueden ejercer unos efectos similares en los seres humanos cuando están sometidos a las bajas dosis en las que, por lo general, se encuentran en el ambiente. La carencia de pruebas definitivas sobre esos efectos adversos en el ser humano (si bien existen abundantes evidencias acerca del efecto de esas sustancias en los animales) no ha acallado el debate. Colborn y otros creen que las pruebas constatadas tanto en los animales como en el ser humano son suficientes como para alertar acerca del peligro de esos productos para la fertilidad, la inteligencia y, en definitiva, para la supervivencia más elemental (2). Otros, como Stephen Safe de la Universidad A&M de Texas, opinan que estas inquietudes resultan excesivas, apelando para ello a que se basan en hallazgos contradictorios como mínimo, o no suficientemente contrastados (3) (4). Aunque muchas de esas sustancias químicas han sido prohibidas en los países desarrollados por sus efectos adversos debidamente probados, su dispersión y persistencia en el medio ambiente los convierte en amenazas potenciales a muy largo plazo. Hasta ahora, al menos 45 componentes químicos han sido señalados como disruptores endocrinos. Muchos de ellos son compuestos orgánicos de larga duración que se mantienen en el ambiente durante décadas y se van acumulando en los tejidos humanos. Esta lista incluye a ciertos herbicidas, fungicidas e insecticidas (como, por ejemplo, la atrazina y el clordano); productos químicos industriales y otros productos residuales, como los bifenilos policlorinados (PCB) y la dioxina; y un número de compuestos que se encuentran en los plásticos, tales como los ftalatos y los estirenos, usados en los envases de alimentos y bebidas (5). El sistema endocrino Estas hormonas viajan por la sangre y cumplen su función al unirse a las moléculas en células conocidas como receptoras de hormonas. Esto a su vez activa los genes en el núcleo de la célula con el fin de producir toda una gama de respuestas biológicas. En condiciones normales el cuerpo controla cuidadosamente la cantidad de hormonas activas para asegurarse un funcionamiento correcto del sistema. Por ejemplo, el cuerpo produce proteínas específicas que pueden adherirse a las hormonas y regular su acceso a las células. El cuerpo también se protege de un excesivo número de hormonas frenando su producción o amortiguando la sensibilidad de la célula ante ellas. Los disruptores endocrinos pueden trabajar al mismo tiempo como imitadores de hormonas o como bloqueadores de las mismas; en ambos casos con un enorme potencial para alterar la actividad celular habitual. Los científicos aún están lejos de conocer a qué niveles de exposición pueden apreciarse estos efectos (8) (9). Las claves de la fauna silvestre Estos hallazgos hicieron que los estudiosos investigaran sobre el posible papel de estos productos y su repercusión en la salud del ser humano. Los resultados han sido contradictorios y, por tanto, polémicos. Resulta complicado hacer caso omiso a estas cuestiones de índole científica, porque muchas de esas sustancias, como el DDT, han demostrado ya sus efectos negativos en los animales y en los humanos, tanto si alteran el sistema endocrino como si no. En otras palabras, sus efectos adversos para la salud podrían desligarse del efecto añadido sobre las hormonas. Para complicar más las cosas, muchos de los estudios epidemiológicos recientes han sido de naturaleza preliminar o "ecológica". Esto quiere decir que un estudio puede determinar que un aumento del cáncer, por ejemplo, coincide con un aumento del uso de un producto químico sospechoso, pero puede no existir evidencia de que la gente expuesta a ese producto químico desarrolle cáncer. Como señala uno de los investigadores, los datos pueden demostrar que la población de cigüeñas ha descendido y que el número de nacimientos también ha descendido, pero eso no nos lleva a concluir que son las cigüeñas las que traen a los bebés. Los efectos sobre la salud humana Sin embargo, algunos investigadores han sugerido que los disruptores endocrinos pueden tener que ver con la disminución en la cantidad de esperma de la población en su conjunto. Esta hipótesis surgió cuando estudiosos daneses, franceses, belgas y británicos constataron un descenso del 50 por ciento en el volumen de esperma a lo largo de un periodo de entre 20 y 60 años, es decir, más o menos el mismo tiempo en el que se extendió y popularizó el uso de esos disruptores (13). Otros estudios llevados a cabo en Estados Unidos, Francia y Finlandia, en cambio, no han detectado este problema; en algunos casos incluso se comprobó un aumento en la cantidad de esperma (14) (15). Todo revela una gran incertidumbre sobre si, en primer lugar, ha tenido efecto un descenso de la cantidad de esperma en alguna parte del mundo; y, en segundo lugar, en el supuesto de que haya sido así, hasta qué punto puede atribuirse ese descenso a la influencia de los disruptores endocrinos. Dudas parecidas sobre la exposición a estas sustancias pueden trasladarse a la proporción varón-mujer en los nacimientos. Los estudios efectuados en los animales indican que la exposición a determinados plaguicidas pueden afectar al índice macho-hembra en gaviotas, caimanes y tortugas, con el resultado de un acusado descenso en la proporción del nacimiento de machos (16) (17). En los seres humanos, algunos estudios han creído apreciar un leve declive en el número de nacimientos de varones en los Países Bajos entre 1950 y 1994, y en Dinamarca entre 1951 y 1995 (18) (19). Otros muchos factores pueden influir en el número de nacimientos de mujeres, entre los que cabe considerar la edad de los padres, el momento y los ciclos en que tiene lugar el embarazo, o las ovulaciones inducidas hormonalmente en los años ochenta (20). El temor de que los disruptores endocrinos puedan causar cáncer ha surgido en parte por el papel evidente que el DES ha desempeñado en los cánceres del aparato reproductor femenino. Además, distintos estudios epidemiológicos han demostrado que una considerable exposición a lo largo de la vida a los estrógenos del propio cuerpo (desde, digamos, una menstruación temprana hasta una menopausia tardía) incrementa en la mujer el riesgo de cáncer de mama (21). ¿Podrían igualmente los disruptores endocrinos incentivar el desarrollo de ese mismo tipo de cáncer? (véase la "firma invitada" de Devra Davis). Las tendencias, según los datos, apuntan a que los cánceres de mama, testículo y próstata están en alza en algunas partes del mundo (22). Una parte del aumento del cáncer de mama y próstata parece que tiene que ver con el progreso experimentado en las técnicas de detección, con los diagnósticos precoces, y con la longevidad de la población en general. Algunos investigadores han apuntado que la exposición laboral y ambiental a los disruptores endocrinos podría estar también detrás de ese incremento. Así, determinados estudios han demostrado que los agricultores expuestos a ciertos plaguicidas y herbicidas tienen un riesgo adicional de desarrollar cáncer de próstata y de testículo. Otros estudios, en cambio, no han podido determinar esa relación, aun habiendo analizado productos químicos diferentes (23) (24). Otro efecto potencial grave derivado de las exposición a los disruptores endocrinos es el deterioro neurológico. Una buena parte de la preocupación arranca del estudio llevado a cabo en la región de los Grandes Lagos, en Estados Unidos, que demostró que los niños expuestos prenatalmente a los PCB padecían pequeñas, aunque significativas, alteraciones de tipo intelectual. Los niños que habían experimentado una exposición muy intensa tenían tres veces más posibilidades de que su coefiente intelectual fuera más bajo, y dos veces más posibilidades de ir con dos años de retraso en la comprensión escrita. Esos niños padecerían asimismo problemas relacionados con los periodos de atención y con la memoria. Y lo más preocupante: los niveles de exposición a los PCB por parte de esos niños eran sólo ligeramente más altos que los de la población en general (25). En cuanto a los mecanismos posibles, los análisis en laboratorio indicaban que la exposición prenatal o a través de la leche materna a los PCB, podría disminuir los índices de hormonas del tiroides en la sangre, necesarias para estimular el crecimiento y la maduración de las células cerebrales (26). Sin embargo, el mecanismo aún no está determinado, y es posible que los PCB estén perjudicando la inteligencia a través de un mecanismo no necesariamente relacionado con las alteraciones endocrinas (27). Las hormonas naturales también tienen que ver con el desarrollo prenatal del sistema inmunológico y sus cometidos tanto en los niños como en los adultos (28), lo cual hace temer que los disruptores endocrinos puedan afectar de algún modo al sistema inmunológico y, con ello, aportar un riesgo añadido ante posibles infecciones. El papel de los disruptores endocrinos como causantes de estos y otros efectos está siendo investigado en todo el mundo. Por el momento, el consenso generalizado entre los expertos es que aún se precisan más estudios para determinar si los productos químicos sintéticos, que han ayudado al desarrollo de la agricultura y la industria, están también actuando sobre la salud de los individuos o de la población en su conjunto. En el plano internacional, tanto la Organización Mundial de la Salud como la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) están llevando a cabo un inventario internacional del estado de las investigaciones al respecto. Los gobiernos nacionales, así como otras organizaciones internacionales e incluso las empresas privadas, están financiando y/o investigando con el fin de superar las lagunas existentes en el conocimiento de estos temas (29) (30). Mientras tanto, los países se esfuerzan en ver cómo regular el uso de esas sustancias a medida que avanza el conocimiento científico en ese campo. Referencias y notas 1. 1. Theo Colborn, Dianne Dumanoski, y John Peterson Myers, Our Stolen Future «Nuestro
futuro robado» (Ecoespaña - Ecoespaña Editor). |