© Ecoespaña 2000
RECURSOS MUNDIALES 2000 Cuadro 1.3

Cuadro 1.3. La desnutrición

La pobreza, que no es sólo insuficiente producción de alimentos, es la raíz de la desnutrición. Las familias pobres carecen de recursos económicos, ambientales y sociales para comprar o producir suficientes alimentos. En las áreas rurales, la escasez y la degradación del suelo, la salinidad del agua debido al exceso de riego, las sequías y las inundaciones pueden minar la capacidad de una familia para cultivar suficientes alimentos. En las áreas urbanas, los salarios bajos, la falta de trabajo y el subempleo, y los rápidos cambios en los precios de los alimentos colocan a menudo los suministros de alimentos fuera del alcance de las familias pobres. La guerra y los enfrentamientos civiles casi siempre causan trastornos en el sistema de alimentación y a menudo dan como resultado hambrunas generalizadas, como en las guerras civiles de Ruanda y Somalia.
Aunque las tendencias generales son positivas, con el descenso de una cierta proporción de personas que padecen desnutrición, muchas están aún en peligro, y algunas regiones están siendo golpeadas de una forma especialmente dura (véase figura 1). Entre 1990 y 1992, aproximadamente 841 millones de personas -o 1 de 5 en el mundo en desarrollo- no disponían de suficientes alimentos para una vida sana (1).

Las consecuencias sanitarias de una nutrición inadecuada son enormes. Según un cálculo realizado, la desnutrición provocó aproximadamente el 12 por ciento de las muertes totales en 1990 (2). Aunque gran parte de estas bajas se producen por el infraconsumo proteíno-energético, las carencias de micronutrientes claves como el yodo, la vitamina A y el hierro minan también la salud (3).
Cuando la pobreza limita una dieta adecuada y variada, las deficiencias de hierro, yodo y vitamina A se producen a menudo simultáneamente con la desnutrición proteíno-energética. Las características de la geografía y del suelo influyen también en la cantidad de estos nutrientes que se encuentran normalmente en los alimentos. Las áreas montañosas son a menudo deficitarias en yodo; las regiones más gravemente deficientes son el Himalaya, los Andes, los Alpes europeos y las montañas de China (4). Las áreas con suelo árido, no fértil o con copiosas lluvias y humedad pueden ser deficientes en vitamina A (5). África, la región andina de Sudamérica y muchas partes de Asia tienen riesgo no solo de desnutrición proteíno-energética, sino también de carencia de los tres micronutrientes principales por causa de la pobreza y los factores ambientales.

La carencia de hierro es el trastorno más común de micronutrientes. En los países en desarrollo, el 40 por ciento de las mujeres que no están embarazadas y el 50 por ciento de las embarazadas están anémicas, y 3.600 millones de personas sufren carencia de hierro (6). El problema más grave se da en la India, donde el 88 por ciento de las mujeres embarazadas están anémicas. La anemia aumenta el riesgo de muerte por hemorragia en el parto. Las carencias de hierro pueden reducir también la productividad física y afectar la capacidad de un niño para aprender (7).

Globalmente, unos 42 millones de niños de menos de 6 años tienen una carencia entre ligera y moderada de vitamina A. En su forma más grave, la carencia de vitamina A puede causar ceguera; de hecho, es la causa individual más importante de ceguera infantil en los países en desarrollo. Entre 250.000 y 300.000 niños se quedan ciegos anualmente, y entre el 50 y el 80 por ciento de ellos mueren en 1 año (8). Hasta 3 millones más de niños sufren efectos menores pero graves, como la pérdida de la visión nocturna. Se calcula que 254 millones de niños en edad preescolar están en riesgo de tener carencia de vitamina A (9).

La carencia de yodo es la causa individual principal en el mundo de lesión cerebral y de retraso mental evitables. En 1990, unos 26 millones de personas sufrieron lesiones cerebrales asociadas a la carencia de yodo (10). Se calcula que 1.500 millones de personas están en riesgo de trastornos por carencia de yodo (TCY), y 655 millones están afectados por el bocio, que es un alargamiento de la glándula tiroides, un indicador de TCY (11). Donde esta carencia es endémica, la población entera puede resultar afectada, con diferentes síntomas en diferentes grupos de edades. En las mujeres embarazadas, por ejemplo, la carencia de yodo puede causar lesiones irreparables en el cerebro del feto que se está formando (12).

La combinación de la desnutrición y las enfermedades infecciosas puede ser especialmente perniciosa. La desnutrición proteíno-energética puede deteriorar el sistema inmunológico, dejando a los niños desnutridos menos capacitados para combatir las enfermedades comunes como el sarampión, la diarrea, las infecciones respiratorias, la tuberculosis, la tosferina y la malaria. La carencia de vitamina A empeora a menudo con las enfermedades infecciosas; y de modo recíproco, un estado pobre en vitamina A es probable que prolongue o agudiza el curso de una enfermedad como el sarampión (13). De modo similar, los parásitos de la malaria, que necesitan hierro para multiplicarse en la sangre, pueden causar o exacerbar la anemia (14). La desnutrición puede aumentar también los impactos adversos de las sustancias tóxicas. La carencia de proteínas y algunos minerales, por ejemplo, pueden influir de manera significativa en la absorción del plomo y el cadmio en el cuerpo (15) (16).
Las consecuencias del déficit de alimentación y nutrición son enormes. África y el sudeste de Asia se enfrentan a problemas tanto de desnutrición como de enfermedades como la diarrea, la malaria y el sarampión -una combinación que probablemente incremente las bajas que cada uno de los problemas causaría por separado-. En las ciudades de rápida industrialización con altos niveles de desnutrición, así como de enfermedades y de creciente contaminación industrial, los residentes pueden enfrentarse a un triple problema de desnutrición, infección y contaminación tóxica.

Figura 1

Referencias y notas

1. Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), The Sixth World Food Survey (FAO, Roma, 1996), pp. v-vi.
2. Christopher J.L. Murray y Alan D. Lopez, eds. The Global Burden of Disease: Volume 1 (Organización Mundial de la Salud, Harvard School of Public Health, y Banco Mundial, Ginebra, 1996), p. 311.
3. Banco Mundial, World Development Report 1993: Investing in Health (Banco Mundial, Washington, D.C., 1993), p. 75.
4. Organización Mundial de la Salud (OMS), Fundación de la Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), y el Consejo Internacional para el Control de los Trastornos por Carencia de Yodo, Global Prevalence of Iodine Deficiency Disorders Micronutrient Deficiency Information System Working Paper No. 1 (OMS, Ginebra, 1993), p. 7.
5. Organización Mundial de la Salud (OMS) y Fundación de la Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), Global Prevalence of Vitamin A Deficiency, Micronutrient Deficiency Information System Working Paper No. 2 (OMS, Ginebra, 1995), p. 5.
6. Organización Mundial de la Salud (OMS), The World Health Report 1997: Conquering Suffering, Enriching Humanity (OMS, Ginebra, 1997), p. 51.
7. Op. cit. 3.
8. Henry M. Levin et al., Micronutrient Deficiency Disorders en Disease Control Priorities in Developing Countries, Dean T. Jamison et al., eds. (Oxford University Press, Nueva York, 1993), p. 424. 9. Op. cit. 5, pp. ix, 16.
10. Op. cit. 4, pp. 5, 8.
11. Op. cit. 4, p. 5.
12. Op. cit. 4, p. 5.
13. Andrew Tomkins y Fiona Watson, Malnutrition and Infection: A Review (Comité Administrativo de Coordinación de las Naciones Unidas/Subcomité de Nutrición, OMS, Ginebra, 1989), pp. 5-6.
14. Ibid., p. 7.0
15. Howard Hu, Sudha Kotha y Troyen Brennan, The Role of Nutrition in Mitigating Environmental Insults: Policy and Ethical Issues Environmental Health Perspectives, Vol. 103, Supplement No. 6 (1995), p. 186.
16. Kathryn R. Mahaffey, Nutrition and Lead: Strategies for Public Health Environmental Health Perspectives, Vol. 103, Supplement No. 6 (1995), p. 193.